—¿Pero para qué?
—No me amais, puesto que no me dais gusto.
—Si os empeñais, irá.
—Me empeño.
—¿A qué hora?
—A las dos.
—Irá, caprichoso—dijo Luisa, corriendo adonde estaba Don Pedro detenido cerca de la puerta, y dándole un beso.—No olvideis mis consejos.
—De ninguna manera—contestó saliendo Don Pedro.
Luisa se quedó parada y con la cabeza inclinada, hasta que se perdió el eco de los pasos de Mejía, y entonces se enderezó ligeramente y lanzó una alegre carcajada.
—A pedir de boca—esclamó.