—¿No vendrá hoy el señor Arellano?—dijo Luisa.
—Creo que sí; pero no me parece prudencia aguardarle mas, porque son ya las doce y cuarto.
—Ahí está—dijo Luisa, mirando entrar al comedor á un jóven como de treinta años, rubio, apuesto, y elegantemente vestido.
—Dios sea en esta dichosa morada—dijo el recien venido, con ese despejo propio de los hombres de buena sociedad.
—Él traiga á vuestra merced, señor alcalde mayor; que solo eso esperábamos para comenzar á comer.
—Siento haberos hecho aguardar; pero la señora sabrá disculparme, porque de ella me ocupaba.
—¡Cómo!—dijo Luisa.
—Separando algunos objetos para ella en la tienda de un comerciante amigo mio.
—¿Y qué objetos?—preguntó Don Manuel llevando á la boca una inmensa cucharada de sopa.
—Unos brocados, un tisú de plata, y otras frioleras de las que han llegado en la nao de la China.