—¡Gracias, señor Don Cárlos!—dijo Luisa dirigiéndole una mirada dulcísima.

—Poca cosa vino; pero en fin, como es necesario, aprovechamos lo que ha llegado.

—Vamos, sentaos pues, y comamos que el hambre apura.

Don Cárlos se sentó al lado de Luisa, y los piés de ambos se buscaron y se tocaron, porque aunque se rian nuestras lectoras, ya en el año del Señor de 1615 estaba en uso esa clase de telégrafo, que no ha dejado hasta nuestros dias de aprovecharse por los enamorados.

El amor es como los chinos, no varía de modas, y no se divierte ni se rie como nosotros los que nos llamamos hombres civilizados, de los trages de nuestros abuelos.

No hay mas que un amor: ciego y niño lo pintaron los griegos hace mas de veinte siglos, y despues de dos mil años, ni el niño tiene siquiera bigote ni hace la menor diligencia por quitarse la venda, y á tientas camina en el siglo del telégrafo, del vapor y del daguerreotipo, como en los de Ayax de Telamon, ó de Homero, ó de Temístocles.

Los hombres han inventado cruzar por el viento, y sobre los mares, medir las distancias de los astros y sus revoluciones; pero ni han descubierto otro modo de amar, ni han pensado en representar nunca al amor con ropilla y calzas, ó con frac y bota de charol, como un dandy de nuestra época.

—Acabo de encontrar en la calle al caballero Don Pedro de Mejía—dijo Arellano.

—De acá salia—dijo Sosa.

—¿Vino á veros?—le preguntó Arellano.