—No—contestó Sosa sonriéndose—ha dado en ser, como sabeis, el galan de mi muger.
—¿Sigue, acaso, en sus nécias pretenciones?
—Sí—dijo riéndose Luisa—y mas amartelado cada dia, ha creido que puedo alucinarme por un hombre que de cerca me parece un oso, y de lejos un Huitzilopochtli; el dios de los indios.
Todos se pusieron á reir alegremente.
Y la comida se prolongó hasta muy cerca de las oraciones de la noche.
Entonces Arellano se despidió, mas enamorado que nunca de la gracia de Luisa; pero sin haber notado que ésta habia estado con mucho empeño mirando las horas en una rica muestra de oro guarnecida de brillantes, y á las dos de la tarde habia salido del comedor con cualquier pretesto.
Era que á esa hora habia enviado á su mayordomo á la casa de Mejía.
Una hora despues, Arellano no habia hecho alto en eso tampoco: un lacayo habló en secreto á Luisa, y ésta volvió á salir del comedor.
El mayordomo habia vuelto de la casa de Don Pedro, trayendo dos mil pesos fuertes.
Luisa mandó guardar el dinero y volvió á entrar al comedor, sin mostrar alteracion ninguna.