—Hablad—dijo el Arzobispo algo enojado.
—Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana: «Hombre, Ahuizote»—porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por mal nombre Ahuizote; pues me dijo—hombre, Ahuizote, yo estoy muy cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.
Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no pudo conservar su gravedad.
—¿Y qué dijo Don Alonso?—preguntó el prelado, procurando en vano ponerse sério.
—Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.
—¿Contra mí?—dijo Quesada.
—Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.
—¿Cuánto os dió?—preguntó el Arzobispo.
—No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin contarlo ni verlo.
—Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo—dijo el Arzobispo dándole una moneda de oro.