Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la calle.

Martin sabia que su Ilustrísima no lo necesitaria aquella noche, y que si acaso lo buscaba y sabia que andaba fuera, nada tenia que temer. La servidumbre de la casa del prelado era tan numerosa como la del virey, y los familiares y criados gozaban de una estraordinaria libertad.

Martin se encaminó á la tienda del Zambo, dos ó tres perdidos estaban allí en alegre conversacion, y el Bachiller fué recibido como un hermano.

—¿En qué pensais pasar la noche?—les preguntó el Bachiller.

—Nosotros vamos á una visita, ¿quieres venir?—le dijo uno de ellos.

—¿Adónde?

—Donde la Zurda, que tiene unas sobrinas tan bonitas y tan alegres, ¿has de ir?

—De ir tengo, que me placen las muchachas esas.

—Pues andando, que es tarde; pero poca gracia vas á hacerles con ese vestido de medio clérigo.

—Téngomelo de quitar si me esperais vosotros.