—Entonces esperaremos á la madrugada.
—Impaciente sois, si los hay—¿y quereis que yo me desvele por un antojo vuestro?
—Cuando los antojos se pagan bien, no veo inconveniente, que vuestro oficio es ese.
—Como gusteis; pero seria mejor que durmiérais un tanto.
—No miro en dónde.
—En uno de esos sitiales, arrebujado en vuestro ferreruelo, ¿es verdad que vale mas?
—Puede que tengais razon, acepto, al fin no tengo adonde ir á pasar la noche, y falta poco para que amanezca.
—Pues buena noche, os dejo ese candil.
—No, de nada me sirve que estoy acomodado ya.
La Sarmiento se llevó la luz y se encerró en su cuarto; Martin como hombre precavido, puso su espada desnuda á su lado y al alcance de su mano, y comenzó á dormitar, pero soñando ya en María.