Martin hizo un cortés saludo á María, que le contestó con una sonrisa silenciosa pero hechicera.

—A esta criatura—dijo entre sí el Bachiller—Dios no le dió ni oido ni voz, porque oye y habla con los ojos: pero veamos quién es el nocturno visitador, y aplicó el ojo á la cerradura.

—Vamos, mi señor Don Pedro de Mejía, y qué vientos os traerán por acá, oigamos.

—Tened cuenta—decia Don Pedro, pues era él quien hablaba con la Sarmiento—que pago bien, pero no gusto de que me engañen.

—¿Quiere usía—contestaba la vieja—deshacerse de un hombre?

—Será el Oidor—pensaba Martin.

—Sí—decia Don Pedro.

—Por supuesto sin que se note nada: y dígame usía, ¿es jóven?

—No mucho.

—Lo dicho—pensaba Martin.