—Dadme sus señas—decia la Sarmiento.
—Es alto, grueso, con el vientre abultado, gusta de comer bien y duerme mucho.
—¿Soltero?
—No, casado.
—¡Ah! ya caigo, el triste de Don Manuel de la Sosa debe ser, que se murmura mucho de Don Pedro con Luisa—pensó Martin.
—Bien—contestó la Sarmiento—mañana á esta hora puede usía venir por lo que necesita.
—Pago bien, pero quiero ser bien servido—dijo con orgullo Don Pedro embozándose en una larga capa y disponiéndose á salir—¿vos me conoceis?
—Si señor, que á todos los caballeros principales conozco, y no es uno de los menos mi señor Don Pedro de Mejía.
—Pues guardad el secreto y quedad con Dios.
—Que él acompañe á su señoría.