—Don Pedro tiró un puñado de monedas sobre la mesa y salió.

—¿Qué os parece?—dijo la Sarmiento al Bachiller.

—Paréceme que teneis un crédito muy grande, que estais en un peligro inminente de que os lleve á la hoguera el Santo Oficio, y que algun pecado tiene que purgar en esta vida el marido de Luisa, que tantas asechanzas le tienden.

XIX.
De la conversacion que tuvieron Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, y de lo que resultó en ella.

—SABEIS, señor Don Pedro, que el Arzobispo se ha burlado grandemente de nosotros—decia Don Alonso de Rivera á su amigo Don Pedro de Mejía, paseándose con él en uno de los salones de la casa de la calle de Ixtapalapa.

—Por mi vida, que no hubiera sido así, si no cuenta con el auxilio de Don Fernando de Quesada.

—Tirol fué asaz desgraciado, pero supongo que no habreis echado en olvido nuestros planes.

—Empeñado mas que antes estoy en ellos, que D. Fernando es sin duda el mayor obstáculo que se opone á mi proyectada boda con mi señora Doña Beatriz, vuestra hermana.

—De grado ó por fuerza, preciso será quitárnosle de enmedio, que aun cuando vos no pretendiéseis la mano de Doña Beatriz, mal pudiera yo querer en mi familia hombre que tanto mal me ha hecho.

—Sin él en esta tierra, y con mi hermana Doña Blanca en un convento, os aseguro que seria yo el mas feliz de los hombres.