—¿Qué es lo que tanto os afecta, madre Cleofas?
—¡Ay! la desgracia de un pobre hombre, que solo vos podeis remediar.
—¡Yo!
—Sí, solo vos, y nadie mas en el mundo.
—¿Y cómo es ello?—preguntó inocentemente Blanca.
—Este es el secreto—contestó la beata, para excitar la curiosidad de la jóven.
Pero Blanca aun no despertaba á la malicia, y no se movió á curiosidad, cayó y se puso á coser.
A Cleofas no le convenia esto y volvió á la carga.
—¡Pobrecito!—dijo—causa de veras compasion, tan jóven, tan bien presentado, y luego tan triste que ni come ni duerme.
—¡Está enfermo!