—¿Y qué es eso?
—Vereis que efecto tan rápido, y qué medio tan seguro.
El silbato produjo un sonido agudísimo, é inmediatamente una de las puertas del aposento se abrió, penetrando por allí violentamente cuatro hombres que se arrojaron sobre Luisa, y antes que ella hubiera podido dar siquiera un grito, sus manos y sus piés estaban ligados con bandas de seda, y en su boca habian colocado un pañuelo como una mordaza.
Don Cárlos se acercó á ella, y abriendo el justillo de su trage sacó de allí el pergamino en que constaba la palabra de casamiento empeñada por Don Pedro de Mejía.
—Luisa, mirad que he encontrado el medio, que aunque es algo violento me lo perdonareis, porque las circunstancias me han obligado, ya lo veis—dijo mostrando el pergamino—era necesario ganar con ventaja á este Creso; de lo contrario estaba yo derrotado: vamos, señores, la silla.
Dos de los hombres salieron, y volvieron á entrar conduciendo una lujosa silla de manos, con cortinillas de seda que impedian ver el interior de ella.
Luisa, incapaz de moverse ni de gritar, fué colocada adentro.
—Alumbrad, y vámonos—dijo Arellano.
Dos hombres alzaron la silla, y otros dos tomaron sus dos faroles que habian dejado á prevencion en la puerta, y la comitiva se puso en marcha seguida de Don Cárlos.
Los lacayos y los porteros estaban acostumbrados á ver salir en las altas horas de la noche á su señora, acompañada de hombres casi siempre desconocidos para ellos, y abrieron el zaguan sin decir nada y sin estrañeza tampoco.