—Cuando no quiero con vos, suponed si estaré dispuesta á unirme con otro.
—¿Ni con Don Pedro de Mejía?
—¡Vah! ¿Con Don Pedro de Mejía?—contestó Luisa, procurando mostrarse completamente indiferente—¿con ese ogro?
—Pero ¿por qué no quereis concederme vuestra mano?
—¿Para qué? vuelvo á preguntaros.
—Es que los hombres que como yo amamos, quieren tener todas las seguridades.........
—Pues buscad otras que no sean el matrimonio; le tengo una aversion.........
—Bien; os comprendo, yo buscaré otro medio de estar mas seguro de vuestro amor, y os respondo que ya lo he encontrado.
—¿Cuál es?
—Miradlo—dijo Arellano, llevando á sus labios un pequeño silbato de oro que pendia de su cuello.