—Por mis barbas—contestaba uno de los truanes—que debe ser el mismo Arzobispo en persona.

—Quién sea, ni yo os lo diré, ni vosotros debeis preguntármelo, que regla nuestra es no meternos en los negocios de los demás, sino para ayudarles.

—Tiene razon el señor Bachiller, vámonos—dijo irónicamente otro—vámonos—y á curarse los que han salido mal en este encuentro, que por obra de Dios no tuvo mayores resultados; adios, adios,—se dijeron todos, y los hombres se dirigieron calle abajo y se oyó el cerrarse de una ventana de la casa de las damas de alegre vida, que habian estado pendientes del fin de la querella.

Martin se volvia á su puesto cuando se encontró con Don Fernando, que lo esperaba inmóbil como una estátua.

—Veo—le dijo á Martin,—qué hombre sois para cumplir con vuestras promesas, y que se os puede fiar el sermon.

—¡Qué quiere su señoría! Son lances que nadie alcanza á evitar.

—Vamos.

—¿Hácia á dónde ordena su señoría?

—A la capilla que se dispone para la misa de hoy.

—Entonces, con el permiso de usía me quedo en el Arzobispado.