Volvieron á tomar el mismo camino que habian traido: al pasar por las tiendas de la plaza Martin dejó la espada y llegaron hasta la puerta del palacio del Arzobispo.
—Me quedo, si usía me lo permite—dijo Martin.
—Contad conmigo—contestó el Oidor, estrechándole la mano,—como siempre.
El Oidor siguió, y Martin llamó á la puerta del palacio.
Le abrieron, tomó el aire manso y contrito de un San Luis Gonzaga, y se dirigió á la estancia del Arzobispo.
El prelado estaba ya en pié, completamente vestido, y se paseaba impaciente.
—¿Ya es hora?—preguntó al ver á Martin.
—Si señor Ilustrísimo.
Tomó el Arzobispo su sombrero y se dirigió para la calle.