Volvieron á tomar el mismo camino que habian traido: al pasar por las tiendas de la plaza Martin dejó la espada y llegaron hasta la puerta del palacio del Arzobispo.

—Me quedo, si usía me lo permite—dijo Martin.

—Contad conmigo—contestó el Oidor, estrechándole la mano,—como siempre.

El Oidor siguió, y Martin llamó á la puerta del palacio.

Le abrieron, tomó el aire manso y contrito de un San Luis Gonzaga, y se dirigió á la estancia del Arzobispo.

El prelado estaba ya en pié, completamente vestido, y se paseaba impaciente.

—¿Ya es hora?—preguntó al ver á Martin.

—Si señor Ilustrísimo.

Tomó el Arzobispo su sombrero y se dirigió para la calle.

IV.
De cómo ganaba sus pleitos el Ilustrísimo Sr. D. Juan Perez de la Cerna.