—Me voy á morir—dijo Don Alonso—porque me siento muy mal herido, tú tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.

—Señorito—dijo la beata queriendo levantarse.

—Quieta ahí—dijo el herido sujetándola del cuello con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.

—Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.

Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir su daga en aquel cuerpo dos veces.

Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en tierra, gritando:

—¡Socorro, socorro, confesion!

Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.

III.
De cómo las brujas solian tener razon.

EN una estancia pobre pero decentemente amueblada, y alumbrada por dos bujías de cera, un hombre y una muger jóvenes ambos, y ambos hermosos, se miraban amorosamente y de cuando en cuando unian con ardor sus labios, pero en medio del mayor silencio.