La única visita que tenia era Don Pedro, el menos á propósito para calmar sus pasiones.
—Don Pedro—le decia una tarde el herido—no parece sino que Dios nos ha dejado de su mano, segun la lluvia de males que ha caido sobre nosotros.
—En efecto, que mas comprometida no puede ser nuestra situacion, aunque creo que hay cosas que podrán tener eficaz remedio.
—Véngueme yo de Don Fernando y lo demás se remediará muy fácilmente.
—¿Creereis, Don Alonso, que yo he llegado á persuadirme de que es él la causa de nuestros infortunios?
—Os lo he dicho, y me alegro de que hayais llegado á convenceros.
—Es necesario que deje de existir.
—Tal creo, pero la violencia de su muerte en estos momentos, á nadie seria atribuida mas que á nosotros, porque clara es ya nuestra enemistad con él.
—¿Entonces qué pensais?
—Ante todo es necesario impedir su boda con Doña Beatriz.