—¿Pero cómo, si veis que está ya depositada en palacio, aunque en clase de dama de la vireina?
—Robémonosla.
—Robárnosla.
—Si, un rapto que aun en el caso de ser descubierto, poco importaria, siendo como sois su hermano.
—Teneis razon, ¿y cómo haremos?
—Dejad eso á mi cargo, que solo necesito de vuestro consentimiento.
—Os le doy.
—Entonces desde este momento comienzo á trabajar, y ya vereis.
Y Don Pedro se separó de Rivera para comenzar á poner en planta su proyecto.
En esa noche la Sarmiento oyó llamar á su puerta, y Don Pedro se presentó á ella.