—Sosegaos, hijos mios—dijo la bruja—que no vengo á causaros ningun mal, por el contrario, á veros, señor Bachiller, que puesto que os dí el elíxir con la única condicion de que no me abandonarais á María, y la habeis cumplido, nada os puede alarmar de mi parte.

—Teneis razon, que mal hice en alarmarme al veros, ¿qué teneis qué mandarme?

—Hacedme favor de oir dos palabras á solas.

—Pasad por acá—dijo el Bachiller indicándole la puerta de otra habitacion.

La Sarmiento y el Bachiller pasaron en tanto que los dos mudos emprendian una acalorada conversacion.

—¿Aun estimais tanto á vuestro amigo el Oidor Quesada? preguntó la bruja.

—Como siempre, que cada dia mas obligado le estoy á sus favores.

—¿Y él está siempre enamorado de Doña Beatriz de Rivera?

—Mas que nunca.

—Pues bien, de eso tengo que hablar con vos: ¿viene acá algunas veces?