—Sí, precisamente es una sortija que Don Fernando recibió de Doña Beatriz.

—¿Él os la dió?

—No, yo logré estraerla sin que él lo conociera, al fin pronto volveré á ponerla en su lugar.

—Dadme acá.

—Tomádla, y no vayais á perderla.

La Sarmiento tomó la sortija y la guardó en su seno.

—Ahora—dijo—lo primero que me queda que hacer, es probaros que Doña Beatriz ama á otro, que engaña al Oidor, y que este es ya un obstáculo, una carga para ella y para su nuevo amante; que tratan de deshacerse de él como de Don Manuel de la Sosa, ¿os acordais? bien, venid y poneos en asecho como lo habeis hecho otra vez, pero cuidad de no ir á cometer alguna imprudencia.

—No.

La Sarmiento bajó con Martin al subterráneo, y le colocó en donde mismo le habia ocultado para escuchar la consulta de Luisa.

A las once en punto Don Pedro de Mejía embozado en una ancha capa negra, llamaba á la puerta de la casa de la Sarmiento.