Preparábanse en palacio con grande alboroto las damas, porque se esperaba una suntuosa solemnidad el dia en que las fundadoras entrasen al nuevo convento de Santa Teresa.

La obra iba muy adelantada; de un dia á otro debia llegar el Breve de su Santidad, único requisito que faltaba, y las monjas fundadoras que debian ser Sor Inés y Sor Encarnacion, á quienes ya conocen nuestros lectores, habian convidado por sus madrinas á las dos hijas de la vireina.

No se hablaba mas que de esto en palacio, ni se ocupaban de otra cosa allí las gentes, á pesar de que el gobernador de Durango, Don Gaspar Alvear, habia escrito al virey dándole noticias de que comenzaba un alzamiento de los indios tepehuanes: porque en todas las córtes se olvida y desprecia el peligro y la desgracia, con tal que estén lejanos, sin pensar mas que en los goces que están cerca.

Doña Beatriz y las hijas del virey hablaban de la festividad en uno de los salones de palacio, cuando una camarera entró á dar parte á Doña Beatriz que una muger anciana y enlutada deseaba hablar con ella un momento.

Beatriz creyó que seria algun recado del Oidor, y pidiendo permiso á Doña María, llegó hasta donde la esperaba la enlutada, á quien no pudo conocer.

La muger se levantó al ver á Doña Beatriz.

—En qué puedo serviros—le dijo ésta, tomando un asiento á su lado.

—Señora, vengo para hablar con vos de un asunto, que temo va á desagradaros.

—¿A desagradarme?—dijo inquieta Doña Beatriz.

—Sí, por desgracia.