—Hablad, pues.

—¿Estamos enteramente solas?

—Enteramente.

—Pues entonces dignaos escucharme. Segun he sabido por algunos de mis deudos de casaros tratais con Don Fernando de Quesada, Oidor de la Real Audiencia.

—Es verdad, pero no alcanzo á qué pueda conducir.........

—Perdonadme que no os lo diga por mera impertinencia, sino por ser eso lo principal que á mi negocio concierne. Habeis de saber, señora, como yo soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, y soy para serviros, Doña Catarina de Pizarro de Soto Mayor y Trueba, una vuestra servidora.

La vieja hizo una reverencia.

—Gracias—contestó Doña Beatriz inclinándose.

—Pues, como os decia: soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, regidor perpetuo del cabildo de esta ciudad. A la muerte de mi difunto quedé con una niña, que es ya moza de diez y siete años y que se llama María, y tan rica en dones de perfecta hermosura, como desgraciada en su vida, por haberle negado la Providencia el uso de la palabra y del oido. Por mis negras desdichas, mi hija fué vista por el Oidor Don Fernando de Quesada que gustó de ella, y se encaprichó por hacerla suya, lo que ha conseguido, sin ser bastante á impedírselo ni mi llanto ni mis amenazas................

Un rayo que hubiera caido á los piés de Doña Beatriz, no hubiera hecho en ella mayor efecto.