—Y como se valió—continuó diciendo la vieja—para conseguir sus malos efectos del engaño de dar palabra de casamiento á mi María.........
—Basta, señora, no me digais mas; nada quiero saber.
—Es fuerza que lo sepais, porque tal vez mi hija, ó yo, no nos resignemos á ver casarse á Don Fernando, y pudiéramos poner algun impedimento, y quién sabe.........
Doña Beatriz no podia ya contenerse: los zelos, el despecho, su amor propio humillado, todo se conjuraba para trocar aquella paloma en una leona.
—Pero todo eso que me contais, ¿es cierto?—preguntó con un acento ronco y trémulo.
—Tanto lo es, que si vos podeis conseguirme que se abra esta noche vuestra habitacion, ó podeis salir en esta misma noche, vereis á mi pobre hija.
Doña Beatriz reflexionó.
—Saldré mejor: ¿á dónde debo ir?
—Esta noche á las doce, al tianguis de San Hipólito; yo tendré una persona de confianza allí para que os guíe: podeis llevar cuanto acompañamiento os plazca, si desconfiais.
—Esperadme en esta noche, y hacedme ya el favor de retiraos: necesito estar sola.