—Me voy, pero os suplico que nada digais al Oidor, por Dios; sobre todo, no le descubrais mi nombre ni que os vine á ver, seria capaz......... de no sé qué......... y yo le tengo miedo.
—Id sin cuidado.
La vieja que no era otra sino la Sarmiento, como habrán conocido nuestros lectores, salió, y Doña Beatriz se encerró á llorar y gritar á solas como una loca.
Martin anduvo en todo el dia pensativo, sobre si le diria ó no á Don Fernando cuanto habia descubierto por la bruja: algunas veces le parecia una mala accion dar al Oidor tan funesta noticia; otras creía de conciencia el hacerlo, atendiendo al riesgo que corria su vida; en fin, por la tarde se decidió y entró resueltamente á la casa de Don Fernando.
El Oidor sentado frente á una mesa, registraba con atencion un grueso in folium forrado en pergamino; y tan embebido estaba en su lectura, que no oyó los pasos del Bachiller hasta que no estaba ya muy cerca.
—Oh, amigo Don Martin—dijo cerrando el libro—tanto bueno por esta casa.
—Dispénseme usía si le he interrumpido y molestado.
—En manera alguna: tome asiento el señor Bachiller, que me alegrará su compañía.
Martin se sentó, y á pesar de la agudeza de su ingenio, no sabia por dónde comenzar: tosió varias veces, se compuso otras tantas el alza-cuello que nada tenia de mal puesto, y al fin se decidió á hablar, pero, como sucede en casos semejantes, comenzando, despues de pensar mucho, por una torpeza.
—Permítame usía que me tome tal libertad—dijo.—¿Está usía decidido á enlazarse con mi señora Doña Beatriz?