A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se dirigió á la calle del Factor.

La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.

—¿Lo ves?—dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en donde se habian puesto en acecho.

—¡Infame!—contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.

—Calma—dijo el Ahuizote—tiempo hay para todo; espera que salga, ahora alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo conocieras siquiera.

Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.

Así pasó una hora mortal para Martin.

El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su visita.

Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.

La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del Oidor.