Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona carcajada de la bruja.

Esta vez el Ahuizote no le detuvo.

Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.

Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.

—Vámonos—dijo el Ahuizote—tomándole de un brazo; vámonos, ponte en salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.

Y esa muger—dijo con ronco acento Martin—¿se queda sin castigo?

—Mas tarde será: por ahora salvémonos.

Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras. La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba con Doña María la vireina y con sus hijas.

—Pálida estais—decia la vireina—¿qué teneis?

—Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala noche.