Al salir ya de la capital Arellano quitó á Luisa el pañuelo que le impedia hablar, y las ligaduras de las manos y de los piés, pero durante el tiempo que habia durado aquel forzado silencio, Luisa había tenido tiempo de reflexionar maduramente su situacion.
Estaba á merced de Don Cárlos y por fuerza nada conseguiria; la palabra empeñada por Mejía para hacerla su esposa, le habia sido arrancada mas bien por compromiso, que admitida por un ofrecimiento espontáneo, y él quizá se alegraria de la desaparicion de una muger con quien le ligaba ese vínculo.
Por parte, pues, de Don Pedro, no podia tener esperanza tampoco de auxilio, era preciso usar de la astucia, fingirse mas que resignada, contenta con su nueva posesion, y ganar la confianza de Arellano para huir el dia menos esperado y escapar de su poder.
Con esta resolucion al sentirse libre, en vez de reconvenciones frases de cariño, y graciosas chanzas fueron las que dirigió á Don Cárlos, que quedó encantado de aquella amabilidad inesperada.
La casa de la Estrella era un hermoso edificio, pero enteramente aislado y rodeado de altísimas y fuertes paredes, y coronado de almenas y de baluartes pequeños.
Durante el primer siglo de la dominacion española en la Nueva España, los conquistadores temerosos siempre de una sublevacion, daban á todos sus edificios, principalmente á los que se fabricaban fuera de México, todo el carácter de una fortaleza coronada de almenas, y disponiendo sus ventanas mas bien de una manera á propósito para hacer fuego desde ellas que para iluminar el interior. De aquí, ese aspecto de castillos feudales que tienen la mayor parte de las antiguas iglesias.
Luisa comprendió que la libertad de que gozaba dentro de la casa de la Estrella, era no mas dentro de la casa, porque le hubiera sido imposible realmente salir de allí, pero no se desanimó.
Don Cárlos era cada dia mas sumiso, mas solícito y mas cariñoso, y sin embargo, no daba esperanzas de permitir la salida de Luisa, estaba realmente cautiva.
El jardinero de la casa era un indígena jóven, inteligente, robusto, que se llamaba Presentacion, él salia y entraba á la casa, se quedaba algunas noches fuera de ella, y los domingos generalmente no se aparecia para nada. Era sobre todo, el sirviente de confianza de Don Cárlos. Hacerse de aquel hombre hubiera sido la salvacion de Luisa, ¿pero cómo? apenas la hablaba, y en cuanto á comprar su fidelidad era casi imposible, porque Presentacion tenia todo lo que necesitaba y se distinguia entre todos los sirvientes por su lujo.
Un calzon corto de escudero ajustado á la rodilla, con dos mancuernillas de oro, sin calzas, pero con unos zapatos de grandes alas bordados de seda de colores, una camisa de lana finísima, y un ancho sombrero color de canela; este era el traje de Presentacion en los dias ordinarios, porque en los de gala tambien se ponia jubon y calzas, y cuanto mas usaban los ricos de los alrededores.