Luisa tomó la ropa que le traia Presentacion, y se dirijió otra vez á su aposento con tanta tranquilidad, como si solo tratara de pasearse en el jardin.
Don Cárlos dormia, pero su sueño era pesado y sus cabellos estaban pegados á su frente por un sudor viscoso; era el mismo sueño de Don Manuel de la Sosa.
Luisa sin tomarse el trabajo de mirarle siquiera, comenzó á vestirse el traje de hombre, y no debia ser la primera vez que vestia de aquella manera, porque no se mostró embarazada en el uso y colocacion de sus prendas, y muy pronto quedó convertida en un precioso adolescente.
Sacó de un armario algun dinero y ocultó bajo la ropilla un puñal pequeño y primorosamente trabajado, se caló un sombrero y se embozó perfectamente en una capa oscura; y con un garbo que le hubiera envidiado cualquiera de los guapos de la ciudad, volvió á incorporarse con Presentacion.
—Vamos—dijo imperiosamente Luisa.
—Vamos señora—contestó humildemente Presentacion—pero no podemos salir por la puerta.
—¿Por donde entonces?
—Por un agujero que he practicado en las tapias que dan á la espalda de la casa.
—Bien está—guíame.
En el fondo de la huerta y pegado á una tapia habia un inmenso monton de yerbas.