LA silla que á Doña Beatriz conducia, no se dirigió despues de la misa para la casa de la calle de la Celada, sino que tomó el rumbo de Jesus María y se detuvo en la portería del convento.
Doña Beatriz entró y llamó en el torno sin detenerse.
—Ave María—dijo.
—Gratia plena—contestó dentro del torno una voz cascada:
—¿Qué se ofrece hermanita?
—Madrecita—contestó Doña Beatriz:—¿pudiera yo hablar á la M. Sor Inés de la Cruz?
—Sí, hermanita; aguárdela que á llamársela van:—¿de parte de quién viene?
—De Doña Beatriz de Rivera.
Beatriz se sentó en una banca de madera sin pintar que habia en la portería: poco despues, desde el torno dijeron:
—¿Quién busca á Sor Inés de la Cruz, que aquí está? La voz que esto habia dicho era muy distinta de la que primero hablara, y Beatriz la conocia.