—No sobra, porque tengo que combatir con que Don Pedro está enamorado de Doña Beatriz de Rivera, y que tal vez quiera meter pleito para anular esa obligación y como es hombre tan rico, ¿quién sabe?

—Desechad esos temores porque Doña Beatriz de Rivera se ha metido á monja desde la muerte del Oidor Don Fernando de Quesada.

—¡Muerto el Oidor! ¡Monja Beatriz!

—Estráñame que no sepais nada, cuando tanto ruido han hecho esos acontecimientos en la ciudad.

—Desde la muerte de Sosa no he salido para nada de una quinta, cerca de aquí.

—Entonces ignorareis también que Don Cesar de Villaclara, para quien me pedisteis un elíxir, ha sido desterrado á Filipinas por haber dado una terrible estocada á Don Alonso de Rivera.

—También lo ignoraba—dijo Luisa—sintiendo calmarse sus zelos por Doña Blanca con la ausencia de Villaclara.

—Pues todo eso ha pasado, de manera que ya Doña Beatriz no es obstáculo para vos en cuanto á que Don Pedro intente un pleito; no lo hará si le amenazais con revelar la parte que tuvo en preparar el asesinato del Oidor Quesada.

—¿Y qué parte fue esa?

—Os lo voy á referir para que os sirva de una arma, segura yo de que nunca de esto hablareis á la justicia, por la parte que en ello me pudiera tocar, y porque una vez presa yo por vuestra causa, me veria en la necesidad de dar mi declaracion en todo lo relativo á la muerte de vuestro marido Don Manuel de la Sosa.