—Señora Sarmiento—la dijo—quisiera contar contigo para un negocio que traigo entre manos.
—Decidme cuál.
—Soy viuda como tú sabes.
—Y demasiado.
—Bien, no te pregunto mas; quiero casarme por segunda vez, y he elegido á Don Pedro de Mejía para mi esposo.
—Soberbio casamiento, ¿pero él querrá?
—Le obligarémos, pero fuerza es que tú me ayudes, y que por supuesto cuentes con una magnífica recompensa.
—Haré de mi parte cuanto pueda.
Oyeme, tengo en mi poder una promesa formal de matrimonio, firmada por Don Pedro.
—Oh, entonces sobra.