Aquella debia ser alguna aventurera.
Al llegar cerca de Teodoro, que procuraba ocultar su rostro y que se fingió dormido, la dama dijo á su rodrigón.
—Debe de estar aquí álguien de visita, porque miro un esclavo aguardando con un farol.
Teodoro sintió helarse su sangre, aquella voz era demasiado conocida para él, era Luisa; ¿Luisa en la casa de Don Pedro de Mejía?
—Si quereis que pregunte á este esclavo—contestó el Ahuizote, que era el que acompañaba á Luisa.
—Es inútil, me haré anunciar, y hablaré á solas con Don Pedro de Mejía.
Luisa entró, y el Ahuizote comenzó á pasearse por el corredor mirando las plantas y los tibores de china, y el reverbero formado de pedacitos de vidrio con mechero de aceite, que alumbraba la escalera, hasta que cansado se sentó.
Teodoro se sentia devorado por la curiosidad; cualquiera cosa hubiera dado por saber á qué venia Luisa, pero le era imposible.
Esperaba ver salir muy pronto á Don Alonso, pero no fué así; ni Luisa ni Don Alonso salian, era una conferencia sin duda muy larga.
Nosotros mas felices que Teodoro vamos á ver lo que pasaba en el interior de la casa de Don Pedro.