Luisa se dirigió á un lacayo y le dijo.
—Hacedme la gracia de decir á vuestro amo, que una dama desea hablarle á solas.
El lacayo pensó prudente pasar inmediatamente el recado.
—¡Una dama!—dijo Don Pedro admirado.
—Sí señor—contestó el lacayo—cubierta y enlutada.
—Me retiro para dejaros en la mas completa libertad—dijo Don Alonso.
—Oh, de ninguna manera, que otra sala hay donde pueda hablar yo con esa señora, y como me figuro que no será asunto muy largo....
—Entonces os esperaré.
—Que pase esa dama—dijo Don Pedro al lacayo—á la sala encarnada.
El lacayo hizo una reverencia, salió y condujo á Luisa á una sala cuyos muebles estaban tapizados de damasco de seda encarnada.