Luisa quedó allí sola, pero á pocos momentos se presentó Don Pedro.

Luisa inclinó graciosamente la cabeza, levantándose un poco del sitial para saludar á Don Pedro.

—Señora—le dijo galantemente Mejía porque el talle de aquella muger y sus manos eran hechiceras, y al través del tupido punto de su velo se adivinaba el brillo de sus ojos—permitidme que antes de preguntaros en qué tendré la dicha de seros útil, me felicite por la fortuna de veer en esta casa, dama que debe ser tan principal como bella.

—Don Pedro—dijo Luisa levantándose el velo—¿me conoceis?

—¡Luisa!—esclamó Mejía sorprendido.

—Sí, Luisa, á quien sin duda habiais olvidado ya.

—¿Olvidado? no, pero vuestra desaparicion.

—Segura ya de vuestro amor, quise huir de la imprudente solicitud de tantos que llamándose amigos, no van á la casa de una viuda jóven y hermosa, sino con la esperanza de tener parte en la herencia del difunto.

—Bien, ¿pero sin avisarme? sin decirme siquiera adios?

—Para hacer una accion que es buena no es preciso avisar; deciros adios, ¿y para qué, cuando tan poca pena tomásteis por mi ausencia? si hubiérais querido, pronto me hubiérais encontrado.