—Todo va bien, saldrá como lo habeis dispuesto.
El lacayo volvió.
—Señora—dijo á Luisa—podeis pasar—y abriendo la puerta se inclinó respetuosamente, dejando pasar á la dama.
—Decid á mis criados que se retiren al pié de la escalera, á esperar que se les llame—dijo Luisa al entrar; pero de manera que esta órden fuese escuchada por los que estaban esperándola, y por los que la habian traido y estaban en la antesala.
—Muy bien señora—contestó el lacayo cerrando la puerta por donde habia entrado Luisa.
El hombre se volvia á dar á los conductores la órden de la señora, cuando repentinamente todos ellos, sacando los puñales que traian ocultos, se lanzaron sobre él y le rodearon.
—Si das un solo grito, eres muerto—dijo el Ahuizote.
—Pero, señores—contestó el lacayo temblando.
—Nada te haremos—agregó el Ahuizote—pero obedece, y en primer lugar desnúdate de la librea; pero inmediatamente.
El lacayo sin replicar se desnudó.