—Ahora entra en esta silla.

El hombre obedeció, y la silla fué colocada en un rincon.

—Si haces el menor ruido mueres en el acto—dijo el Ahuizote—ahora tú vístete esta librea—agregó dirijiéndose á uno de los que lo acompañaban.—Con ella podrás esplorar sin temor de que por el traje vayas á infundir sospechas.

Aquel otro hombre se vistió la librea, y en un momento quedó trasformado.

—Ahora mira en los cuartos de aquí cerca si hay álguien.

El hombre salió con precaucion y volvió diciendo:

—Nadie.

—Bueno—dijo el Ahuizote—á cualquiera que venga, tú lo despedirás como lacayo del señor Don Alonso: ahora á nuestros puestos.

Y todos se agruparon en la puerta á escuchar lo que pasaba adentro.

—¿Habeis traido con vos la escritura? decia dulcemente Don Pedro.