—Sí que la traje; pero antes prudente seria que hablásemos—contestó Luisa—que al fin solos podemos considerarnos, porque Don Alonso está tan interesado como vos en el asunto.

—¿Por qué decís eso? preguntó Don Alonso.

—Para esplicarlo, ¿me permitireis contaros una historia, que será corta pero interesante?

—Hablad, señora—dijo Don Alonso—que en todas partes la belleza y el talento tienen derecho mas de mandar que de pedir.

—Verdaderamente sois muy galan, pero escuchadme.

—Habia en una ciudad una hechicera que se llamaba, como vos querais llamarla, supongamos la Sarmiento, y me ocurre este nombre porque he oido mentar mucho en México á una que lleva este nombre: ¿vosotros la conoceis?

—No, no—dijo mostrando indeferencia Don Alonso.

Don Pedro no se atrevió á contestar.

—Pues bien—continuó Luisa—eso no importa, pues esa muger tenia los secretos de muchos y ricos señores de aquella ciudad: una vez supo ella que una dama muy protectora suya, estaba en un muy grande trabajo, porque un sugeto se negaba á cumplirla, una palabra que la habia empeñado, y como él era poderoso y fuerte, y la dama débil y desvalida, creía él que podria burlarla con solo querer. La hechicera fué á la casa de la dama, y la dijo—Buena señora, sé lo que os pasa, y no os apeneis, que vos me habeis hecho beneficios, y yo me precio de agradecida, tomad este amuleto, y con él lograreis dominar la voluntad, no solo de vuestro rebelde amigo, sino de un compañero suyo tan identificado con él en suerte, que lo que á uno quepa, en virtud de este amuleto, cabrá tambien al otro.

—¿Y qué amuleto fué ese?—preguntó Mejía, procurando disimular su turbacion.