—El velo de una novicia, teñido con la sangre de un Oidor, que debia haber sido su esposo.
Don Alonso y Don Pedro quedaron sombríos.
Teodoro se estremeció en su escondite, y Luisa con una terrible sangre fria, continuó.
—Pues la hechicera esplicó á la dama como aquel velo, tinto con aquella sangre, se habia comprado con dinero que los dos enemigos de la dama habian prodigado, y le esplicó todas las circunstancias que habian mediado para conseguirlo. Ahora que tal vez comprendereis la moral de mi cuento, comenzaremos á tratar de nuestro negocio.
—Está bien—dijo Don Pedro tratando de sobreponerse á su malestar—¿cuánto exijis por devolverme mi palabra de casamiento?
—¡Exijir! yo nada pido por ella, ni mi intencion ha sido nunca la de venderla. Don Pedro, desde anoche he creido inútil esta conferencia, porque no exijo mas sino que me contesteis si estais dispuesto á cumplir vuestra palabra ó no, y yo no saldré de esta pregunta.
—Señora—dijo Don Alonso.
—Caballero, os suplico que á mí nada me digais; aconsejad á vuestro amigo, en el concepto de que si se niega iremos ante los tribunales, y podré referiros delante del alcalde, ó de la misma Audiencia, el cuento de la Sarmiento con todos sus pormenores: ¿lo entendeis?
Luisa calló y los tres quedaron en silencio: de repente Don Pedro, con una mal fingida alegría, esclamó:
—¡Luisa mía! habeis vencido; vuestro será mi nombre, como mia será vuestra hermosura: dama de tal ingenio y tal belleza, digna es de un monarca.