—Gracias á Dios—dijo hipócritamente Don Alonso.

—Al fin Don Pedro ¿reconoceis vuestra injusticia conmigo?

—Sí, Luisa mia, sí, venid á mis brazos, y séllese nuestro eterno amor.

Don Pedro estrechó entre sus brazos á Luisa dulcemente.

—Esposa mia, ¿en dónde está esa promesa? que ahora mas que nunca me alegro de haber firmado, porque va á hacer mi felicidad.

—Aquí está esposo mio, aquí—dijo Luisa sacando de su seno un pergamino—ingrato, que habeis hecho padecer tanto á mi corazon.

—Me arrepiento, me arrepiento de todo eso—dijo Don Pedro verdaderamente contento, por tener en su mano el pergamino objeto de tantas ansias—y en prueba de ello, mirad cómo voy á destruir esta escritura para que veais que este matrimonio no mas que á mi amor lo debeis.

—Lástima—decia candorosamente Luisa, mirando arder con gran dificultad el pergamino en una bujía—lástima, ya se consumió todo, ¿y cuándo será la boda?

—Ya veremos, ya veremos—contestó Mejía menos amoroso que antes.

—Es que yo quiero que sea muy pronto—insistió Luisa.