—No puede ser, tengo mil negocios que arreglar antes, y no podrá ser la boda hasta dentro de un año.
—¿Un año? no, imposible, no me espero.
—Entonces no esperéis, haced lo que os plazca.
—Lo que me place es que sea en este mes, ó de lo contrario me presentaré.
—Presentaos—dijo sonriéndose Mejía—y llevad á la Audiencia esas cenizas, no dejarán de haceros caso.
—¿Conque para eso quisísteis la escritura?
—¿Os figurais que soy un niño, que habia de tenerla en mis manos y habia de dejar que volviera á las vuestras, conociéndoos?
—¿Os figurais, vos, Don Pedro—dijo sonriéndose Luisa, que yo soy acaso una niña, que conociéndoos á mi vez, os hubiera entregado la escritura?
—¿Qué decís?
—Lo que habeis oído, Don Pedro; ese pergamino que os he dado, y que vos tan traidoramente habeis entregado al fuego, no era vuestra promesa de matrimonio.