—¿Qué era, pues?

—Un pergamino cualquiera que traje a prevencion, porque suponia ya esta jugada de parte vuestra.

—Pero eso es una traicion.

—¿Y cómo llamais á la vuestra?

—No, eso no puede ser cierto, el pergamino quemado era mi promesa, y quereis espantarme, porque no os queda ya otro recurso.

—¿No lo creeis? Pues mirad vuestra promesa—dijo Luisa retirándose y mostrando á Don Pedro el documento original, mirad.

—Luisa, habeis cometido una imprudencia enseñándome ese pergamino que necesito quitaros, y que viva ó muerta os tengo de arrancar, porque lo que es hoy, lo he jurado, que no saldreis de aquí con él, y vive Dios que hombre es Don Pedro de Mejía para cumplir lo que una vez ofrece.

—Probad á quitármele—dijo Luisa.

Don Pedro y Don Alonso hicieron intencion de lanzarse sobre Luisa, pero ésta dió un paso atrás y sacó de su seno un puñalito agudo y brillante.

—Si os atreveis á acercaros, sois muertos.