—Blanca, hija mia,—dijo Doña Beatriz—hace tanto tiempo que no te veo, que temiendo por tu salud estaba.

—¡Ah! madrina, sois tan buena conmigo, que no sé ni cómo demostraros mi gratitud.

—Ven, hija mia, siéntate, estás algo desmejorada, acaso habrás estado enferma.

—No, madrina, pero ya sabeis, sufro tanto, tanto, soy tan desgraciada.........

—Don Pedro de Mejía, tu hermano, ¿sigue siendo tan indiferente contigo?

—Pluguiese al cielo, señora, que así fuese, ahora......... ¿pero estamos completamente solas?

—Solas, Blanca; háblame sin temor, ábreme tu corazon.

—¡Ay! hace tanto tiempo que no confio á nadie mis pesares, que tiemblo como si álguien nos escuchara.

—Habla, hija mia, nadie te escuchará.

—Ya sabeis cuán grande ha sido la indiferencia de Don Pedro mi hermano para conmigo desde nuestros mas tiernos años: huérfana de padre y madre, solo en vos encontré cariño y amparo, y he pasado mi vida sola, siempre sola, sin una ilusion, sin un cariño, sin una esperanza, mi hermano procurando siempre alejarme del mundo, impidiéndome siempre que vea á nadie, que hable con nadie, sin consentirme mas amistad que la vuestra. Siempre seguida, siempre cuidada, siempre vigilada por dos dueñas de su confianza, mi existencia era triste, muy triste pero tranquila, cuanto deseaba comprar ó tener, tanto se me daba inmediatamente, con tal de que continuara viviendo en el encierro y en el retraimiento, pero ahora.........