Blanca limpió dos lágrimas que se desprendieron de sus hermosos ojos. Doña Beatriz la abrazó con la ternura de una madre, y besó su frente.

—¿Qué sucede ahora? ¿eres mas desgraciada? ¿te pasa algo de nuevo? dímelo, hija mia, sabes cuánto te quiero.

—¡Ay! sí señora, de algun tiempo á esta parte, Don Pedro usa conmigo de los mas crueles é indignos tratamientos, me obliga ya á no salir de una sola pieza, no me permite ya que me sirvan mas que las dos dueñas, me niega cuanto le pido, mis alimentos son ya escasos y malos, y ha llegado...... á levantar la mano contra mí.

—¿A levantar su mano contra tí?

—Sí señora, porque insistia yo en venir á veros.........

—¡Pobre Blanca!......... ¿pero cómo es que veniste?

—Aproveché el momento en que no estaba, y esponiéndome á todo, he querido hablaros, porque se trata de una persona para vos muy cara.

—¿De quién, hija mia, de quién?

—De Don Fernando de Quesada.

—¿De Don Fernando? ¿le amenaza acaso algun peligro?