Oyó el ruido de la puerta, volvió la vista y reconoció á Don Alonso.

—Doña Blanca—dijo él—¿si me dais vuestro permiso?

—Pasad, Sr. Don Alonso, que sereis bien recibido.

—Gracias, y perdonadme que á interrumpiros me atreva en vuestras ocupaciones.

—No tengo que perdonaros, que muy al contrario, la presencia de alguna persona en este aposento me es muy grata: siempre estoy tan solitaria.

—En efecto, Doña Blanca, vuestra vida debe ser muy triste, que jamás poneis un pié en la calle, ni os visita persona alguna; no comprendo cómo Don Pedro puede llegar con vos á tanto rigor.

—Oh, no creais que mi hermano sea el que me tiene en esta reclusion; no, por el contrario, él siempre procurando que yo salga, que visite, que me distraiga.

Doña Blanca mentia por salvar la reputacion de Don Pedro, pero sentia que su garganta se anudaba y que el llanto iba quizá á venderla.

—No, Doña Blanca, no me engañeis, yo estoy en los secretos de vuestra familia, y sé cuán desgraciada sois, y cuán digna de mejor suerte.

Blanca se puso á llorar.