La clase baja del pueblo vestia con tanto lujo, que un artesano no se distinguia en un dia de fiesta de uno de los oficiales reales ó de un hidalgo rico.

Las fiestas del Carnaval eran libres y espléndidas, y en los dias en que pasa nuestra historia, si bien no habia bailes públicos, las calles, y los paseos y las casas particulares, estaban alegres y animadas.

La noticia del casamiento de la bella Luisa y de Don Pedro se esparció en la ciudad, y en la noche varias damas de todas clases comenzaron á llegar á la casa á felicitar á los nuevos esposos.

Don Pedro aparentaba una alegría que estaba muy lejos de sentir, y recibia á todos con muestras de cariño y de delicadeza, sentado al lado de Luisa que brillaba como un sol, cubierta de diamantes.

A la media noche se oyó un gran rumor en los patios y se precipitó por las escaleras arriba una comparsa de estudiantes, con sus panderos y sus guitarras, y con todos sus medios de hacer ruido y meter bulla.

Bailaban, cantaban, se entraban por todas las piezas riendo y enamorando á todas las criadas, y chanseando con todos los hombres y alborotándolo todo.

Uno de los estudiantes de elevada talla, se entró hasta una de las últimas piezas.

La Sarmiento dormitaba en un sitial porque habia querido concurrir tambien á la boda de Luisa; en el gran desórden que reinaba en la casa de Mejía en aquella noche, ninguno cuidaba sino de sí mismo, y la bruja cansada, se retiró á descansar un momento.

El estudiante la vió y comenzó á acercársele por detrás con precaucion, volviendo á todos lados la cara para ver si estaba solo. Nadie lo observaba.

Llegó hasta el lado de la Sarmiento que seguia durmiendo tranquilamente.