—¡Es posible!—dijo Don Alonso palideciendo.
—La verdad pura.
—Entonces, ¿me permitireis que entre á felicitarla?
—No, Don Alonso, vale mas que no, ella parece que hace un gran sacrificio, y cualquier cosa seria para ella una burla, dejadla llorar sola, vale mas.
XIV.
Lo que pasó en las bodas de Luisa y de lo que le aconteció á la Sarmiento.
A LA mañana siguiente Sor Beatriz recibia en el convento de Santa Teresa, á su ahijada Doña Blanca de Mejía, que entraba de novicia.
Doña Blanca deshecha en lágrimas contaba sus desgracias á Sor Beatriz que procuraba consolarla, pero que comprendia que en realidad solo el tiempo podia curar aquel pobre corazon.
Al mismo tiempo se celebraban las bodas de Luisa con Don Pedro, no se habian hecho grandes preparativos ni se habia convidado mucha gente, pero la casa de Mejía estaba sin embargo muy concurrida.
Eran aquellos dias las fiestas del Carnaval, y hombres y mugeres andaban en las calles con máscaras y antifaces haciendo lujosas y elegantes comparsas.
En aquellos tiempos el lujo en los vestidos, en los carruajes y en las casas era tal, que á decir de los historiadores y viajeros que concurrieron á México en aquella época, no habia ciudad que no pudiera envidiar en esto á la naciente capital de la Nueva España; una inmensa cantidad de carrozas invadia las calles y los paseos en los dias de fiesta, y con tanta magnificencia que los caballos tenian las herraduras de plata, y en sus guarniciones se usaba el oro, la plata y hasta las piedras mas preciosas.