Don Pedro se puso á reir.
—No tengais cuidado, Doña Blanca, que nada se perderá, ni menos vuestra alma, entrad al convento, que allí cuando mas tendreis el riesgo de las tentaciones que con agua bendita os serán quitadas, que tan seguro estoy de que allí no se perderá vuestra alma, que dispuesto estoy á responder de ella á Dios.
—Bien, mañana mismo seré novicia.
—Cuánto me alegro, y os felicito por ello.
Don Pedro salió radiante de gozo, y Doña Blanca se puso á gemir.
Don Alonso de Rivera al ver á Don Pedro tan contento tuvo miedo; aquella alegría era de mal agüero para Blanca, y por consecuencia para él.
—Os veo muy satisfecho—le dijo.
—Sí, Don Alonso, por fin hemos triunfado.
—¿Cómo?
—Doña Blanca entrará mañana de novicia á hacer compañía á Sor Beatriz de Santiago.