De repente Luisa se paró, sin hacer el menor ruido, y se arrojó á los piés de Don Pedro esclamando:

—¡Perdon!

Don Pedro se detuvo, la miró con los ojos encendidos y como despidiendo llamas de furor, hizo intencion de hablar, llevó la mano al puño de oro guarnecido de piedras preciosas de su espadin, y luego sacudiendo la cabeza siguió con sus meditabundos paseos, procurando evitar el contacto con Luisa, que se habia quedado arrodillada en el mismo lugar.

—¡Perdon, esposo mio!—volvió á esclamar aquella muger á poco rato, abrazando una de las piernas de su marido.

—¿Vuestro esposo?—rugió, por decirlo así, Don Pedro—que el cielo me contenga, porque al oiros decir esa palabra, con ánimo me siento de atravesaros con mi estoque el corazon.

—¡Perdonadme! ¡Perdonadme!

—Soltad, señora, soltad, que me ahoga la indignacion.

—No, no, perdonadme.

—¡Suéltame esclava vil! Sal de esta casa.........

—¡Don Pedro, por Dios!