—Suéltame.........

—¡Por Dios!—repetia Luisa arrastrándose de rodillas por el pavimento y siguiendo á Don Pedro que hacia esfuerzos terribles para deshacerse de ella.

—¡No me sueltas! Pues bien, morirás, que harto escándalo somos ya los dos en esta tierra.

Don Pedro tiró de su espadin, pero Luisa le asió la mano, y comenzaron entre los dos una lucha horrorosa. Mejía habia perdido ya enteramente la cabeza con el furor, y la excitacion que le causaba la resistencia de aquella muger.

—¡Piedad! ah! piedad! Don Pedro, no me mateis, no por Dios, me iré, me iré.

—No, no; ya no quiero que te vayas, ya no, quiero que mueras, y morirás.

El espadin salió por fin de la vaina, y Luisa lanzó un grito de angustia al verlo brillar á la luz de las bujías; en aquel momento una multitud de lacayos y esclavos invadió el salon gritando:

—Señor, señor.

—¿Qué hay?—dijo Don Pedro reportándose, y procurando impedir que los criados viesen el estoque desnudo—¿por qué entrais todos aquí sin mi permiso?

—Señor—dijo uno de los lacayos—hemos encontrado en uno de los aposentos interiores á una muger muerta.