—¡Cómo!—esclamó Don Pedro—¿quién es ella?
—Una anciana.
—¡Ah! la maldicion de Dios ha venido á mi casa con esta muger—dijo Don Pedro, y luego dirigiéndose á su mayordomo agregó—Tirol, á esa señora la echas en este momento á la calle, ¿lo oyes? en este momento, porque si no, no seré capaz de contenerme y la mataré.
—¡Señor!—dijo el mayordomo.
—Obedece—esclamó fieramente Don Pedro.
Luisa se levantó y comenzó á seguir humilde y resignada á Tirol, pensando que no tenia mas recurso que la casa de la Sarmiento.
En el instante en que salia oyó á un lacayo decir á Don Pedro.
—Aquí está la muerta.
Luisa volvió la cara y reconoció el cadáver de la bruja.
—¡Jesus, Hijo de David!—esclamó vacilando y apoyándose en el hombro de Tirol.